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El día que iba a salir para Santa Elena, dos perros grandes tigreros que tenian en la casa olfatearon mi via– je y daban vueltas alrededor de mí, meneando ágilmen– te la cola, como diciendo: "Déjanos ir contigo". -No; vosotros vais a necesitar más carne de la que yo puedo llevar a la espalda, y no quiero que os muráis de hambre en el camino. Quedaos en casa. En otra oca– sión os llevaré. Mas ellos redoblaron sus zalamerías. Entonces dije al compañero: -No quiero que estos perros se vayan conmigo y quedéis aquí desamparados. Amárralos y ténlos sujetas hasta un buen rato después que yo salga. Obedeció el Hermano. Cogí mi guayare y mi bordón y, acompañado de dos indios, camina caminando llegamos al río Apanhuao. Lo atravesamos en una frágil canoa y, mient ras lo atrave– saba, me acordé del hecho ocurrido a nuestro excelentí– simo Vicario Apostólico. Monseñor Nistal, en ese mismo punto, el cual voy a referir, porque muestra hasta dónde podemos confiar en los indios que llevamos para ayuda. Fue el ,caso que ia canoa en que lo atraves·aban tenia un boquete, el cual procuraban tapar bien con hierb¡,1 s y hojas; pero el tapón saltó con la fuerza del agua y se inundó la canoa cuando se hallaban en medio del río. Monseñor se fue con zapatos al fondo; el indio, a fuer de buen nadador, ganó en seguida la orilla y, sentado en ella, esperaba a ver si Monseñor salía o no. '. -iQue se ahoga Monseñor! ¡Entra a ayudarle! -gri– tó el misionero desde el otro lado. Y el indio: -Pues no sale... Que se ahoga... ¿A ver si se ahoga? -Y seguía sentado muy tranquilo, en espera de ver si Monseñor salia o no. 142
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