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teando por 106 lados del Brasil en busca de más ganado para nuestro sustento, estando yo solo en la casa con los seis indiecitos, llega a nuestros oídos un ruido monótono que se agranda. ¿Qué será, qué no se.rá? ... Los indios de las .malocas salen, sobresaltados por aquel ronquido ex– traño, y se preguntan: ¿Qué será, qué no será?... Al fin, empezamos a divisar en la lejanía del cielo claro un pun– to diminuto que toma cada vez más cuerpo y vuela, no con aleteos como los pájaros, sino recto como una fle– cha hacia nosotros. Los indios, asustados, se meten · den– tro •de las malocas. Yo saco un pafio blanco y lo hizo pa– ra orientar a los aviadores sobre la dirección del viento. Da el aparato una vuelta sobre el aeropuerto y aterriza. Era un avión de la Línea Aeropostal Venezolana, que desde Tumeremo -la próxima base- había hecho una escapada para cerciorarse de la noticia que hasta sus oídos había llegado. Los tripulantes querían ve.r a los indios, mas no logré hacerlos salir de sus chozas. Tan in– vadidos estaban del pánico que pegaron la cara contra la pared y en esta posición se mantuvieron hasta media hora después de haber marchado el avión. Una india no probó más bocado; a los tres días era muerta. Asombrados quedaron los visitantes de nuestra suma pobreza, pues no pude brindarles ni una taza de café, ni una copa de licor, y alzando el vuelo, se fueron ofreciéndome volver a los ocho días con algo de basti– mento. En efecto, la víspera de la Inmaculada regresa– ban trayéndome, como un obsequio de la Santisima Vir– gen, sal, azúcar, café, manteca, galletas, unas botellas de licor y otros obsequios para los indios. Estos fue.ron p•erdiendo el miedo al aparato y le bau– tizaron con un nombre acomodado a su mundo ideológi– co; como ellos no conocían otro medio de transporte que 139
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