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Tenian estos mosquitos su estxategia, y aprovechaban a menudear el ataque cuando nos hallábamos en alguna ocupación embarazosa, preferiblemente en la labranza. Como no había guantes en la casa ni quien los ven– diera por todo el . contorno, muchas veces tuve que ponerme calcetines en las manos para poder trabajar. Otro animal que gustaba de acompañarnos era la nigua. Es ésta una clase de pulga diminuta que hay que reparar mucho para verla. Vive parásita entre la epider– mis del hombre y de los animales, creando allí una bol– sita con miles de huevos. Mientras está incubando pro– duce una comezón agradable; pero los efectos de no sa– carla .pronto son desastrosos por su multiplicación loga– rítmica, por las pústulas que forma y por el peligro de tétano. Casi diariamente teníamos que dedicar un rato al examen minucioso de los pies y a la extracción de las que aparecían, para lo cual se requiere arte y paciencia. Los indios saben sacarlas a maravilla con una espina o un alfiler. Había otro parásito que también venia a robarnos la poca sangre que los anteriores nos dejaban; era la ga– rrapata. Pero animal tan repugnante como conocido, mejor es silenciarlo. Sobre estos enemigos pequefíos había otros mayores que nos tenían en continuo sobresalto de día Y. de noche, pero más principalmente cuando estábamos acostados, porque anidaban en el techo de paja y se dejaban caer de golpe sobre nuestro cuerpo o bajaban silenciosos por la pared hasta entrar en la hamaca; eran éstos los ala– cranes y los ciempiés. Antes de acostarnos mirábamos bien con un foco todas las entretelas de la hamaca, por- que a veces nos cogían la delantera, y luego ajustábamos 136
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