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en que la muerte avisa. Es como el preanuncio de la llegada del esposo, Cristo, en busca del alma. Su voz suena, cada vez más cer– ca. Y sucede que los familiares, como el mal amigo de nuestra pa– rábola particular, no avisan, no aperciben, no dejan pasar at sacer– dote que tiene la suficiente práctica, diplomacia y caridad para ayudar sin asustar. Para consolar sin asustar. Son los familiares que tanto dicen amarle, los que frecuentemente más impedimentos ponen a que prepare su alma. Cuando se habla con el enfermo, cuando esa barrera inmisericorde de los familiares no se interpone, el enfermo recibe tranquilamente los sacramentos, se le engaña de que no es porque se vaya a morir, y en realidad se le prepara para la vida eterna. A él si que va a reconocer Cristo. Tiene su imagen recién impresa en el alma. Para él un puesto de amor y de honor en el banquete de las bodas celestiales. -504-

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