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tenemos al alcance de nuestra mano, como la llave de la puerta de nuestra casa que llevamos, quizás, en el bolsillo. Quien obra bien cada día, cada momento, no tiene por qué temer la llegada de la muerte. Los difuntos nos tienen que dar a nos– otros una lección. Si llegase la muerte para nosotros, ¿qué haría– mos en ese momento? Cada cual sabe muy bien lo que pensaría ha– cer, aunque no sabría cómo reaccionar. Pero estoy seguro que mu– chos busc.aríamos anhelantemente un confesor. Lo más fácil sería no encontrarlo. Un célebre teólogo alemán dice que si él fuese predicador, pre– dicaría constantemente sobre el acto de perfecta contricción. El acto de amor a Dios que nos pone en gracia de Dios, si hemos pe– cado gravemente. Hoy, la necesidad de esta tabla de salvación es más perentoria, debido a una triste realidad que va del brazo con el progreso: los accidentes. Y recuerdo que viéndome precisado en cierta ocasión a hacer autoestop, me dijo el conductor -que era un principiante-: "A usted no le digo lo que digo a todos los que mon– tan en este coche: "Haga el acto de perfecta contricción, por si aca– so". A mí y a todos nos viene bien hacer con frecuencia el acto de perfecta contrición. Es como renovar el aceite de la lámpara del alma. Porque no sabemos "el día ni la hora", pero sabemos que las muertes repentinas, debidas a accidentes y a fallos del corazón, es– tán a la orden del día. Lo mejor es estar preparados siempre, sin obsesionarse ante la idea de la muerte. Como a San Estanislao de Kostka, que estaba jugando y le preguntaron qué haría si viniese la muerte. "Pues se– guir jugando". Cuando se hace lo que se debe, no tiene uno por qué esconder– se de nuestro Padre Dios que nos espera detrás de la puerta del cie– lo. N'i hay por qué aporrearla escandalosamente, porque se abre sola y a su tiempo exacto. No caigamos en la tontería de las necias doncellas de la parábola. Se cuenta que un hermano franciscano pidió a la hora de la muerte que le trajesen la llave del cielo. El superior pensó que desea- -495-
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