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Lo que sucede que aquello que vemos todos los días no nos impresiona, no nos admira. Estoy seguro que si de la piscina de Lourdes surgiesen todos los días sanos los enfermos que van allí, los enfermeros se quedarían tan frescos. Quizá como aquellas gentes de Palestina que vieron tantos milagros al Maestro que ya relacionaban a Jesús con la curación de sus enfermedades. No obstante, nos da una lección. Ellos "dieron gloria a Dios". Y el milagro tiene esta finalidad: relacionar al hombre con Dios. Acercarnos más a Dios ... Y puede existir el milagro de la resigna– ción, de la conformidad con la voluntad de Dios, que es un auténti– co milagro que no se agota nunca. Como si un rosal floreciese a cada instante, y no de una vez para toda la primavera. Recuerdo aquel poema en prosa escrito por Martín Descalzo, titulado "Fray Juan de la mano seca". Se trataba de un monje de un monasterio de las montañas de León, que yendo un amanecer a una parroquia vecina para decir la misa del domingo, le cogió la nevada. Como consecuencia quedó tullido. Su única pena era no poder decir la misa. Le pidió al Señor un milagro pequeñito: reco– brar el movimiento durante la media hora de la misa. Y así sucedió. Y luego volvía a su inmovilidad de paralítico. El hecho fue tan sonado que los superiores decidieron pasear aquel milagro viviente por toda España. El aceptó con la confianza de que los hombres que fuesen a misa considerarían qué pequeño era su milagro ante los portentos que se realizan en la Eucaristía. Pero no: Las gentes buscaban el espectáculo. Y en León, Valladolid, Madrid, los templos se llenaban para ver su milagro pequeñito. Hasta que él pidió a Dios volver a ser paralítico otra vez. Pero el Señor le dio la salud completa, el movimiento no sólo la media ho– ra de la misa, sino las veinticuatro horas del día. Y desde entonces poco a poco las gentes comenzaron a dejar de ir a su misa. Ya no les interesaba. Aunque era la misma ... No aprendieron a dar gloria a Dios. No captaron el valor y la finalidad del milagro. Por eso nosotros los que nos admiramos tan– to ante lo portentoso no nos admiremos de que no se den tanto los milagros. -491-

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