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LA ADMIRACION "En aquel tiempo, Jesús se marchó de allí y, bordeando et la– go de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mu– cha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y él los curaba. La gen– te se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a /os lisiados, andar a los tullidos y con vista a /os ciegos, y dieron gloría al Dios de Israel" (Mt 15, 29-31) (U.E.). Podríamos de nuevo reflexionar sobre esa interrogante que tanto atormenta a algunos: ¿Por qué a esos sí y a otros no? ¿Por qué entonces sí y ahora no? ¿Por qué... ? Pero dejamos todo eso para admirarnos nosotros con aquellas gentes que tanto se admiraron. No era para menos al ver tantos mi– lagros juntos. El milagro en su misma raíz lleva un matiz de admi– ración. Queremos, también, admirarnos de aquella admiración de en– tonces y de ahora ante lo extraordinario y no de lo ordinario. Tan milagroso es uno como el otro. Por ejemplo el que los hombres nazcan con ojos, con moví miento en su corazón y en sus miembros, con una lengua que aprenderá a hablar un idioma. Podrían nacer monstruos ... Decimos que aquello es lo natural. Y es verdad. Pero también es verdad que no está ausente de ello la mano de Dios. Porque el Dios que de la nada hizo surgir la vida, puso esa semilla en el mundo para que la · vida siguiese siendo. Y eso es una maravilla. ¿Qué pensador era el que decía que él tenía los milagros a la puerta de su casa, en el jardín? Se refería al crecer de las hierbas, al florecer de los rosales, al cantar de los pájaros, al ... Nosotros lo juzgamos un poeta un tanto chiflado. Y si lo pensamos seriamen– te... -490:-
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