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MANSO Y HUMILDE Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mí yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Por– que mi yugo es /levadero y mi carga ligera ( Mat 11, 28-30) (U.E.) A un hombre que marchaba por un camino de la tierra, con el corazón lleno de rabia, a barrer del mundo todo lo que significaba Cristo, Evangelio y Cruz, se le apareció el propio Cristo en el ca– mino de Damasco y le dijo: "Duro te es dar coces contra el agui– jón". A todos nosotros que caminamos por el mundo con el cora– zón lleno de pompa, dispuestos a avasallar lo que se nos ponga por delante, a triunfar sea como sea, a exprimir el limón de la vida al máximo, nos viene bien la frase. Lo que hacemos, muchas veces, es justo dar coces contra el aguijón: Cuando las cosas nos salen mal, cuando las cuentas no ajustan a nuestras ambiciones, cuando la felicidad se nos escapa de entre las manos, cuando el dolor nos hiere el cuerpo y el alma. Y con eso conseguimos una cosa evidente: Que el aguijón se nos clave más hondo en el calcañal. Tenemos que aprender de Jesús, en esto y en todo. El se nos propuso como modelo de mansedumbre y humildad. Ya los profetas hablaron de Jesús, que fue el cordero pascual que se inmoló por nosotros como "un manso cordero que va al ma– tadero". Por mucho que nosotros suframos, por muy grandes que nos parezcan nuestros dolores -y a nadie le parecen tan grandes co– mo los suyos- siempre serán, han sido, inmensamente mayores los de Cristo. Conviene que repasemos toda la pasión de Cristo pa– ra que nos demos cuenta de su mansedumbre, de su ofrenda, de -486-

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