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LA SABIDURIA DE LOS SENCILLOS "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y ap'rended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". (Mt. 11, 28-30) Se cuenta que Platón, uno de los hombres más sabios que han existido, solía salir en las noches estrelladas fuera de su Academia, contemplaba largamente a las estrellas, pensaba en un Ser que te– nía que mover toda aquella armonía, y hablaba en voz alta como con alguien: "No sé de dónde vengo, no sé a dónde voy, oh tú, Ser desconocido, ten compasión de mí". Estoy seguro que Dios tuvo compasión de Platón. Este preguntar de los sabios ha seguido a través de los siglos. Y, frecuentemente, han complicado lo sencillo. Pues lo sencillo es que Dios nos ha hablado y lo que se necesita es un poco de humil– dad, reflexión y silencio interior para escucharle. La gracia de la sabia sencillez se consigue con una vida trans– parente y con una súplica constante y ardiente a Dios. En el fondo late una profunda soberbia que no admite la posi– bilidad de pedir nada a nadie, ni esperar nada de nadie, aunque sea un ser Superior. Y también el compromiso práctico que una acep– tación plena del Evangelio llevará consigo. No se da cuenta que nunca "es más grande el hombre que de rodillas", y que las pala– bras de Cristo que hoy nos recuerda el Evangelio valen también para el hombre moderno: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro dencanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". La paz nos la tiene que dar Cristo. En la vida y en la muerte. Porque la paz es algo que brota del alma, y las "- 1 11as son de -484-
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