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tino sobre el mundo. No admite, el soberbio, dependencia. Es co– mo el fariseo que da gracias porque "yo no soy ... " Ante todo el yo. Comprendamos que para "comprender" cada vez mejor el Evangelio no es suficiente con estudiarlo. Necesitamos verlo con ojos de sencillez y humildad, al mismo tiempo que de erudición. Volvemos a repetir que sencillez no es lo mismo que ignorancia. Pero nos damos perfecta cuenta que en estos tiempos de con– fusión a veces nos quieren hacer ver aquello que no está visible. Nos quieren enrevesar tanto el Evangelio que aquello no es el cristianismo, la ley del amor. Nos quieren enreversar tanto el Evangelio que aquello no es el Evangelio de Cristo, sino mi "evangelio". Se niega la luz a la evidencia. Se vuelve a repetir lo tan cono– cido donde dije digo hay que leer Diego". Y así no hay manera de entenderse. Los sencillos entienden ciertas cosas mejor que los complica– dos. Las cosas son como son y no hay que retorcerlas con mil teo– rías, que se suceden como las espumas efímeras de las playas. Por eso una vuelta a la sencillez en la lectura del Evangelio, de la ora– ción para comprenderlo mejor, nos haría mucho bien. Recuerdo la anécdota de una eminencia que fue a misiones, vio cómo vivían el cristianismo los convertidos y vino diciendo: "Creo que ellos tienen razón. Se preocupan de ser buenos, de amarse, de cumplir el Evangelio, sin tantas complicaciones como nosotros les hemos echado al asunto". Así es y así debe ser. El cristianismo es sencillo. El Evangelio también. Lo cual no quiere decir que sea fácil. Porque no se trata sólo de entender sino de vivir. Aquí podríamos hablar, también, de la difícil sencillez de lo sencillo. -481-

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