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LA MURALLA "En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido me– jor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hi– jo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mat. 11, 25-26. 28-30). Estas frases de Cristo parecen estar en contradicción con to- da su vida. El ha venido a revelarse, a darse. El es el Salvador. El es hombre para todos los hombres. El es el que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad. En– tonces, ¿qué quiere decir eso de que sólo conocerá al Padre "aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"? Cristo constata un hecho, testifica el cumplimiento de una profecía de lsaias. Y el hecho es bien triste, muchos hombres cie– rran los ojos a la luz. Lo dice S. Juan desde su primer capítulo y viene a confirmarlo toda la historia de Cristo, "que vino a los suyos y los suyos no le recibieron". En otros pasajes dice Cristo que les habla en parábolas "pa– ra que no entiendan, no sea que se conviertan". (Mt. 13, 14-15; Me. 4, 11-12; Luc. 8, 9). Todos estos pasajes y otros paralelos hay que entenderlos en este sentido. Lo contrario sería una ofensa al mis– mo Salvador de los hombres. Esto me recuerda aquel cuento de Osear Wilde de un gigante que tenía un hermoso jardín. Los niños cuando salían de la escue– la, iban a contemplar el jardín, que parecía como una alfombra caída del cielo a la tierra. Algunas veces salía el gigante braman– do, porque temía que los niños le estropeasen el jardín. Y levantó una gran muralla para que no le pudiesen contemplar el jardín y no le turbasen su intimidad. Efectivamente los niños no pudieron encaramarse en la tapia para contemplar el jardín, pero el sol tam· -478-

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