BCCCAP00000000000000000000808
Es la piedra de toque, la piedra angular para conocer la au– tenticidad de una virtud. Es una de las condiciones esenciales para la eficacia de la buena oración. El cura de Ars contaba 'Una anécdota de la vida de San Ma– cario. El demonio, decía él, se le apareció un día a San Macario y le dijo: Todo lo que haces tú, lo hago yo. Tú ayunas, yo jamás como. Tú te disciplinas, yo sufro horrores. Tú vigilas, yo jamás duermo. San Macario replicó: Hay una cosa que hago yo y no ha– ces tú: Humillarme. Y es verdad. El pecado del demonio fue un pecado de sober– bia. Y pienso que en nuestras oraciones, alguna vez, nos parece– mos un poco o un mucho a Satanás. Rezamos exigiendo. Tenemos derecho. Cuando por su misma esencia la oración es un ruego. El ruego de un mendigo que tiene necesidad de aquello que pide a Dios. Nosotros, a lo sumo, podremos sugerir a Dios. Suplicar con cierta instancia e insistencia. Pero en definitiva es Dios quien tie– ne que marcarnos la pauta. Un modelo es el centurión: No quiere que vaya Cristo hasta donde yace el criado. Su fe le dice que le basta una palabra, su palabra. Además no se considera digno. Nos– otros le exigiríamos una presencia inmediata. Nosotros no nos consideraríamos indignos. Porque todo se nos debe a nosotros... Y sobre todo el gran modelo es Cristo: "Todo te es posible... Haz que pase de mí este cáliz ... Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Al fondo de toda orac1on tiene que estar la voluntad de Dios. Nosotros no podemos querer nada contra la voluntad de Dios. Nos– otros, a fuer de buenos hijos, tenemos que saber someternos a la voluntad del Padre, sabiendo que nada hay mejor para nosotros que esa voluntad. El es nuestro Padre, por eso, ¿cómo va a querer nuestro mal? ,-471-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz