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alegres, más tranquilos, más radiantes, como los campos tras la borrasca. El consuelo de Cristo es superior a todos estos consuelos. Es el consuelo de un Dios que se hizo hombre para llorar entre los hombres. Porque él entró llorando en la tierra, como otra criatura cualquiera. El lloró ante la tumba del amigo, y ante la ciudad que iba a ser destruida. Llanto de amigo y de patriota. Llanto de hom– bre. Pero él sabía que había un Reino donde ni el llanto, ni el dolor, ni nada de eso iba a existir. Y él vino a llorar entre los hombres, para llevarnos luego a aquel Reino que él mismo nos ganaría y abriría para nosotros. Entrada franca tras el terremoto del Calvario. Admitamos, sí, el hecho cierto, evidente, del dolor en el mun– do. No vale taparlo como se puede hacer con la sangre sobre la arena. Surge por doquier. Pero admitamos otro hecho que nos ha sido revelado en la vi– da y en las enseñanzas de Jesús: El es el gran consolador. Y por eso cuando nos dice en las bienaventuranzas que los que lloran serán consolados, podemos estar seguros de que lo cumplirá. Dejando la promesa cierta de un más allá feliz, ya aquí es un consuelo para nosotros, saber que él ha sufrido, que él ha llo– rado. El más grande de los hombres supo de la amargura de las lágrimas. Saber que él vive entre nosotros. Qu~ él nos escucha siempre. Hay dolores, motivos de sufrimiento, quintaesencia de lágrimas, cuya raíz no podemos revelar a nadie, sólo a él. El saber que él vive entre nosotros hasta el fin de los tiempos. Que él está en la Eu– caristía, que podemos comunicar de una manera invisible pero cierta con él, es el mayor motivo de consuelo. Decía Santa Teresa que le bastaba un cuarto de hora de ora– ción para salir consolada de las mayores amarguras. Hagamos nosotros la experiencia. Lloremos delante del Sagrario.

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