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Es como un notario que comprueba una constante de la exis– tencia humana. Sólo sufriendo, sólo soportando mil trabajos, in– comprensiones, inconvenientes... Luchando constantemente es co– mo se logra algo duradero. Además, para Cristo que vino del cielo a la tierra, que se sentó en la tierra, y vio a lo lejos sobre las montañas o la llanura el cielo arropando a la tierra, sabía perfectamente, que esta vida es el prólogo para la otra. Que no se da rotura, sino continuidad. Que aquellos que han sufrido, que sufren, que soportan tantas co– sas en este mundo, son los que al fin y al cabo también merecen la corona de los campeones en la otra. Los sufridos, pueden ser en nuestro caso concreto, los enfer– mos. Decir que la enfermedad es una gracia de Dios es casi un in– sulto. Y sin embargo así es. Cuando enfermamos nos paramos en la vida. Hacemos eso que casi es un lujo hoy: reflexionamos. Nos damos cuenta de que en realidad valemos tanpoco que el mundo marcha sin nosotros. Que podemos ser un diente más en el gran engranaje de la vida, don– de la máquina se impone cada vez más, pero que la cadena dentada no se para. Sigue. Sólo sufre un poco, un pequeñísimo roce, que nos hace daño a nosotros. Si cuando enfermamos nos desesperamos, estamos perdidos. Entonces la enfermedad se hace mucho más grande. De un granito de arena, hacemos una montaña. Y la curación se aleja más de nuestra existencia. Si alguna vez tenemos que ser sufridos es entonces. Saber ha– cer todo lo que hay que hacer para superar esa crisis dolorosa de nuestra vida. Pero saber esperar, tener paciencia, mansedumbre, humildad. En fin ser sufridos. Porque así la tierra volverá a ser go– zosa para nosotros. --461-

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