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LA PAZ "Dichosos /os que trabajan por la paz, porque ellos se llama– rán "los hijos de Dios" (Mt 5, 9). Esta es la bienaventuranza más apetecida por los hombres ac– ,...rales. Pienso que sea la palabra que más tengan en los labios los grandes jefes de las naciones. Buscan la paz ansiosamente, firman treguas, tratados de paz, y llegan a proclamar un imposible: "Bien venida la paz, aunque sea entre hombres de mala voluntad". Y así nos va a todos. Porque la base de una auténtica paz tiene que ser la buena voluntad de los hombres. Esas otras paces son papel mo– jado. Duran lo que una conveniencia. Menos que el vuelo de una paloma. La bíblica y legendaria paloma de la paz que no puede vol– ver ahora con el ramito de olivo, porque la tierra ha sufrido un gi– gantesco diluvio de sangre. Ciertamente que entre todos los animales que pueblan la tie– rra el hombre es el más sanguinario. Nadie persigue tanto al hom– bre como el hombre. Sin salir de nuestro siglo, creo que habrá ha– bido muy pocos años del mismo en que no haya existido la guerra. El mundo es como un volcán, que abre su cráter de fuego y gue– rra en cualquiera de sus ángulos. Algunas parecen tan pequeñas que no las tenemos en cuenta, aunque mueran millones de hom– bres. Y es que en la última guerra mundial, que duró apenas seis años, murieron, por unas causas o por otras, cien millones de hom– bres. La triste paradoja es que mientras los hombres dicen anhelar la paz, a los humanos se nos va preparando para la guerra. Todo lo que sea combate, lucha, nos encanta. Aunque sea la lucha de un mero concurso. Ya decía Pascal: "No agrada más que el com– bate, pero no la victoria: gusta ver los combates de animales, no -452-
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