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VER A DIOS "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). El niño sale de su casa llevando aún en su mejilla la humedad del beso que le dio su madre al despedirle. El niño sale contento, de prisa, mira la calle con avidez y se siente casi completarnenté feliz. Tiene delante de él toda la tarde del domingo y en su mano derecha una moneda de cinco duros. Esa moneda le hará feliz, tan feliz corno a los niños que tengan cinco billetes. Esa moneda la cambiará él como todas las tardes del domingo por papel azul o verde en la taquilla de un cine. El niño está ya soñando con la pe– lícula ... y de pronto sin sentirlo, sin que casi se dé cuenta la mo– neda se le ha escurrido de su mano derecha. Se ha ido rodando, rodando y se ha hundido por la rejilla de un desagüe. Se le ha mar– chado la felicidad. Dos lágrimas humedecen sus ojos. Dos lágrimas grandes, como de hombre, que llenan sus ojos. El mundo es un gran cine. Y en esta gran sala de cine que es el mundo, que para muchos está oscurecida por el pecado, y para otros resplandece por la gracia de Dios, se levanta una voz para preguntar: -¿Qué hay que hacer, para ver a Dios? -Según Platón: "Para ver a Dios, morir". Eso pensarnos nosotros, o piensan muchos. Pero resulta que Cristo parece que nos indica que los limpios de corazón, "verán a Dios". Y ese ver a Dios, aunque sea en pleni– tud en la otra vida, ya comienza aquí. Porque San Pablo decía que ahora lo veíamos como en un espejo. Si hubiera escrito ahora hu– biera dicho como en un cine, que por muy en relieve que sea no de– jará de ser una imagen. Luego lo veremos "cara a cara". Tal cual es. Alcanzaremos a ver su esencia, y a comprenderle. Basta, pues, para ver a Dios ser "limpios de corazón". -448-

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