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que somos hombres. Ser hombre es ser pecador. Estamos fabrica– dos con el barro con que se amasan los pecadores. F;>ero es una gracia de Dios llorar arrepentidamente esos pecados. Y ese arre– pentimiento es el mejor remedio para nuestros pecados. Decía Bossuet en sus "Meditaciones sobre el Evangelio'.': "Ningún otro mal se cura llorando sino el pecado. Lloremos sin fin, pecadores, sean nuestros ojos fuentes inagotables, cuyo manar perpetuo aca– nale nuestras mejillas como dice el salmista. El perdón de los pe– cados es el fruto de estas preciosas lágrimas. ¡Ah! mil veces felices los que lloran sus pecados, porque ellos serán consolados". Las lá– grimas salvaron a Pedro. La desesperación y el orgullo del hombre que no quiso llorar, ni arrepentirse, perdieron a Judas. Otra ventaja de nuestras lágrimas y nuestro dolor es el unirnos a Cristo Redentor. Si Cristo lloró fue por parecerse· a nosotros en todo, también en las lágrimas. Y para deshacer ese mito de que "los hombres no lloran". Nadie más hombre que él y lloró. Y sufrió para salvarnos a través de la cruz. Nuestras lágrimas se funden con las de Cristo, nuestro dolor se hace redentor en su cruz. Por eso S. Pablo exclama en una bendición llena de fe: "Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de !as misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra conso– lación. Pues si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salud; si somos consolados, es por nuestro consuelo, que se muestra eficaz en la tolerancia de los mismos trabajos que nosotros padecemos" (11 Cor. 1, 3-7). He aquí algunos de los consuelos de nuestras lágrimas. Pero el mayor consuelo nos lo tiene reservado Cristo para la otra vida, cuando toda pena, tristeza, angustia, llanto, dolor y separación sea barrida de. aquel Reino que él nos tiene preparado. Por eso, que nuestras lágrimas rieguen el árbol de nuestra esperanza. La espe– ra_nza y el consuelo es el arco iris formado por nuestras lágrimas cristianas. -44f---

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