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E L S EM B R A D O R D E L A G R I M A S "Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados". (Mt. 5,5) El hombre es un sembrador. A través de la vida va cavando un largo surco que cada vez se ahonda más. Cuando los años pasan se va inclinando más y más sobre la mancera de su dolor. El hombre es el sembrador de su propio dolor. El se lo buscó culpablemente y él tiene que cargar con su pena. La vida del hombre está enmarcada entre dos lágrimas: la primera lágrima del niño que nace y la del hombre que muere, que rueda de los ojos que una mano amoro– sa y caritativa ha cerrado para siempre. Sólo que al final, en la cara del hombre, la vida ha cavado surcos más hondos de dolor. Hay un probervio que dice: "Vivir es sufrir". Pero nosotros no lloramos "como los que no tienen esperanza". Tenemos la esperanza del Reino donde no se conoce el llanto, y tenemos la promesa del consuelo de Jesús. Consuelo que es él mis– mo que dijo: "Venid a mí todos los que andáis agobiados y cargados, y yo os aliviaré. Y hallaréis el reposo (el consuelo) para vuestras al– mas". (Mt. 11, 28 ss). Parece la más absurda de las paradojas eso de encontrar la di– cha en las lágrimas. Pero el evangelio está lleno de divinas parado– jas. Y sin duda vosotros mismos habéis experimentado la verdad de esa paradoja ante el dolor que se ha abatido sobre vuestras casas: Cuántas veces hemos oído decir, ante el dolor que había entrado en un hogar, ante un ser que sentía mucho la muerte de uno de los su– yos, pero que no podía llorar, ni dormir, ni reposar, ni nada ... Hemos oído un llanto y alguien comentaba con alegría: "Al fin ha llorado". Las lágrimas han arrastrado todo ese lastre de amargor que se iba posando en el alma, esa hiel que le destrozaba el hígado. Esas lá– grimas son un consuelo. Cristo se refiere también a aquellos que lloran sus pecados. To– dos somos pecadores. Reconocerlo es casi tanto como reconocer -440-
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