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ló juntamente con la ambición de ser tanto como Dios. La violen– cia tiene mucho de diabólico. La violencia comienza siendo un in– cendio en el alma del hombre. Es como un fuego que le abrasa las entrañas, un explosivo que le revienta el corazón y que quiere ha– cer explotar otras muchas vidas. Por muchas destrucciones que haya causado el fuego, muchas más ha causado la viólencia. Y a ésta la conocieron los hombres mucho antes que al fuego.. La raíz de la violencia está en el propio corazón del hombre. Dice el apóstol Santiago: "¿Y de dónde entre vosotros tantas guerras y contiendas? ¿No es de las pasiones, que luct:ian en vues– tros miembros? codiciáis, y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra; y no tenéis... (Sant. IV, 1-2) Las guerras: incendio de las naciones, proceden de la violencia. Con violencia piensan los hombres conquistar la tierra. Con eso no hacen nada más destruirse. Pues la violencia engendra violencia. Y con ello se prolonga el largo rosario doloroso de sangre derramada sobre nuestro planeta que desde lejos parece azul. Cristo dice que para poseer la tierra hay que obrar de otra ma– nera. Su doctrina es distinta. Nos parece absurda, pero ahí están los resultados. Unos hombres con una doctrina de amor se echa– ron por el mundo adelante, y hoy el mundo se llama cristiano. Y si algunos no tienen de cristianos nada más que el nombre es porque han olvidado esta doctrina del manso y humilde Jesús. Gandhi amaba a Jesús. Había leído centenares de veces el Evangelio. Sabía de memoria el sermón de la montaña. Y aunque oficialmente no era cristiano, sin embargo puso en práctica para la liberación de su país no la violencia, sino la paciencia. Las huelgas de hambre, las marchas pacíficas, las huelgas sin violencia. El re– sultado es una India libre. La violencia es mala. La guerra, su hija, es peor. Es inmensa– mente mejor la paz, aunque haya que sufrir pacientemente. "Todo se puede perder con la guerra, nada se pierde con la paz". La histo– ria moderna está dando la razón al Papa que pronunció esa frase. (Vd. Tit 3, 1-2). -439-
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