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LA MUERTE DE UN POBRE "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el rei– no de los cielos" (Mt 5, 3). Recuerdo la muerte de un pobre, de un auténtico pobre de es– píritu. Le administraron todos los sacramentos, rezó con nosotros, nos miró, y luego miró alrededor de su habitación, donde estaba todo lo que usaba: una mesa, una silla, una máquina de escribir, unos libros, un crucifijo presidiéndolo todo y dijo: "Ahí queda eso". Fueron sus últimas palabras. Las dijo sin amargura. En plan de des– pedida. Como quien hace tiempo que está desprendido de todo, que usa de las cosas, sin que las cosas le usen a él: ¡Usarlas sin poseerlas! Ser pobre de espíritu es un largo y raro aprendizaje. El que es pobre de bienes terrenos tiene mucho camino recorrido, pero no todo. Porque se puede ser pobre de dinero y rico de deseos. Y de esto lo somos casi todos. Basta con escuchar las palabras de tan– ta gente: quinielas, lotería, negocios, si yo tuviera, si a mí me to– cara la lotería, si yo pudiera ... Esas expresiones pueden ser en el mejor de los casos signos de una necesidad, en otros muchos, sig– nos de una gran avaricia. Lo primero que combate la pobreza de espíritu es la avaricia. Es uno de sus mayores bienes. Porque el avaro jamás se sacia con nada. Siempre quiere más. Y si el que tiene un duro quiere tener dos. El que tiene un millón de dólares quiere tener cien... Está comprobado que no suelen ser los ricos los más generosos. Si dan te cobran el favor al ciento por uno: en propaganda, en agradeci– miento de expresión, en explotación o esclavitud más o menos disi– mulada. Hay ricos generosos, pero suelen ser los menos. La excep– ,ción. Sin embargo se repite cotidianamente la lección evangélica -434-
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