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No sólo Lucas, el antiguo rico Mateo, el hombre de la sereni– dad· en los negocios y en la escritura, tiene que decir: "Difícilmen– te un rico entrará en el reino de los cielos" (19, 23). Y en el mismo "magníficat" cantado por la dulcísima, clementísima Virgen María, dice que a los pobres los llenó de bienes y a los ricos los despa– chó con las manos vacías (Le 1, 53). La trayectoria en la Escritura es rectilínea, la amenaza es cons– tante. San Pablo habla reiteradamente de esto en sus epístolas. Santiago escribió una carta para todos los fieles que parece es– crita, casi, contra los ricos. En el capítulo quinto dice así: "Y vos– otros, los ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amena– zan. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos por el orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudados por vosotros, claman, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis engordado para el día de la matanza. Ha– béis condenado al justo, le habéis dado muerte sin que él os re– sistiera" (Sant 5, 1-6). Las palabras son tajantes y claras. Ante esto cabe preguntar: ¿Qué será de los ricos? ¿No se salvará ningún rico? A esta misma pregunta respondió Jesús a sus apóstoles: "Lo que para vosotros es imposible, es posible para Dios" (Le 18, 27). Dios puede salvar a los ricos. Es más, Dios quiere salvar a los ricos, por ellos, lo mis– mo que por los pobres murió en la cruz. Si habla tan duramente contra ellos, es justamente por el mucho amor que les tiene. Y les avisa del peligro de las riquezas. No condena el uso de las rique– zas, que son criaturas de Dios, sino el abuso de las riquezas. Bien sabemos todos que las riquezas abren muchas puertas de perdi– ción. Y que se puede abusar de ellas fácilmente, para gozar de la vida y olvidarse del reino de los cielos. En esto está el gran peli– gro de las riquezas y de los ricos. Ya advertía San Agustín: "Esas riquezas a nuestro juicio, llenas de placeres, más llenas están de -431-
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