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EN LA MUERTE DE UN RICO "Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3). Esta es la primera de las ocho bienaventuranzas que enumera San Mateo. San Lucas sólo enumera cuatro. Y esta primera la enun– cia así: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios" (Le 6, 20). Por lo tanto, teniendo en cuenta esto, cabe pre– guntar: ¿Quedan excluidos los ricos del reino de los cielos? Des– de luego lo mismo la Sagrada Escritura en general que el Evange– lio en particular los tratan duramente. En el mismo capítulo en el que San Lucas cuenta las bienaventuranzas del Señor, ha dejado grabadas, para tormento de los que nadan en la abundancia, las terribles imprecaciones contra los ricos: "Pero, ¡ay de vosotros, ri– cos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus pa– dres con los falsos profetas!" (Le 6, 24-26). Es el mismo Lucas el que cuenta la parábola del hombre que vio que sus bienes superaban a sus esperanzas y a sus graneros, hizo planes para darse una gran vida, pero aquella noche la voz de Dios sobre él: "¡Insensato!. .. Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios" (Le 12, 21). Y este mismo evangelista cuen– ta la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, poniendo en contraste, en este mundo, la opulencia de uno y la extrema pobre– za del otro. Y en la otra vida, la bienaventuranza de Lázaro y la condenación eterna del rico. (Le 16, 19-31). Y después de la des– pedida del joven rico es Lucas el que dice: "Es más fácil el que entre un camello por el agujero de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos (Le 18,25. Mt 19,24; Me 10,25). -430-
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