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LAS BIENAVENTURANZAS "En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándoles" (Mt 5, 1-12). Quiero contaros lo que nos narra el P. lngbert Franz en su li– bro Luz en el Este. Le tocó vivir, como a tantos alemanes al final de la guerra, en un campo de concentración ruso. La vida era dura e incierta. Pero tenían sus fiestas. En esas grandes fiestas él se las arreglaba para celebrar la santa Misa. Como aquellos días también los carceleros las celebraban y descuidaban un tanto la vigilancia, se reunían en unas cuadras y celebraban la Navidad u otras fies– tas. Nuevamente Cristo nacía en un establo en la san Misa. Las vestiduras eran su traje carcelario. El vino se arreglaba de mil ma– neras para conseguirlo. A veces exprimiendo uvas pasas. El pan, el negro pan del destierro. Pero todos se reunían allí para participar en aquella conviven– cia y alegría íntima. Incluso los que no tenían fe. El siempre expli– caba el Evangelio. Un día en que había hablado de las bienaventuran– zas, al final se le acercó un joven nazi. Aquel hombre no tenía fe. Aquel joven estaba oficialmente fuera de la Iglesia, incluso exco– mulgado. Pero aquel joven, que desconocía el Evangelio, le pre– guntó: "¿Me puede decir quién es ese autor moderno que nos ha leído hoy, que escribe tan maravillosamente, y conoce tan bien al hombre de hoy?" Aquel autor era Jesucristo. Y es que el Evangelio no pasa de moda nunca. Es eterno. Tie– ne siempre una lección actual que darnos sobre la vida y sobre la muerte. Por ello para la lectura de exequias, el nuevo ritual, ha esco– gido las bienaventuranzas. Se ha dicho que es un error dejar las -4.48-
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