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masco, las perlas de Persia, el marfil de la India. Y él, como único rótulo entre tanta mercancía, puso simplemente: "Aquí se vende la sabiduría". Un rico señor de la ciudad dio unas monedas a un esclavo para que fuese a comprar con ellas un poco de la sabiduría de Diógenes. Este rechazó las monedas, pero sobre un pergamino escribió simplemente esto: "En todo lo que hicieres mira su fin". Frase breve pero larga para meditar. Porque debemos consi– derar el fin, el final de todo. Todo tiene término en este mundo. Nosotros también pasaremos un día corno pasan las nubes, las aves y las naves... Es una de las lecciones que nos da Job a nos- . otros. Y todo lo que teníamos, sea mucho o poco, lo tendremos que dejar, igual que el rico Job. Un viejo esclavo griego que triunfó entre los romanos, sentía nostalgia de su patria y se consolaba con su filosofía. Escribió: "¡Cuándo volveré a ver Atenas y su Ciudadela! Nada puedes ver más hermoso que el cielo, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, el mar. Si estás afligido por haber perdido la vista de Atenas, ¿qué harás cuando sea preciso perder de vista el sol?" (Epicteto). La pregunta vale para todos. Y la respuesta de Diógenes tiene también otra faceta. "En to– do lo que hicieras mira su fin". La finalidad con que lo hacernos. Y sabemos que nosotros tratamos, -con esta vida que se va fu– gazmente, y con el cuerpo que se pudrirá-, ganar otra vida mejor. Esto lo sabe cualquier cristiano. Y muchos paganos también pen– saban así. Marco Aurelio en sus "Pensamientos" escribió: "Morir es un acto de la vida y, tanto en éste como en los demás, lo esen– cial es hacer bien lo que se está haciendo mal". Nuestro Antonio Machado rimó así, cristianamente su pensa- miento: "El morir no es acabarse; es renacer a otra vida, y en ella purificarse". Lo mismo que rimó el autor del libro de Job miles de años an– tes y consideraremos en el comentario siguiente. -39-
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