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Nos va labrando a la imagen de Dios. Se cumple lo que escri– bió Cangar: "El Padre es como el brazo (fuerza: origen del movi– miento), el Hijo como la mano, el Espíritu Santo como los dedos que modelan en nosotros la imagen de Dios". Y mientras nos duele, nuestro grito tiene que ser una constan– te oración de "¡Ven, Señor Jesús! Muchas veces en la enfermedad no sabremos hacer nada, no tendermos ni ganas de rezar; menos, facultades para meditar. Pero tenemos que saber estar, sufrir. Y decir desde lo hondo del alma: Amén. Oramos poco, trabajamos mucho. Estamos, quien más, quien menos, gastados de trabajar, y mucho más gastados por el anhelo de hacer, de correr, de actividad y activismo. La vida moderna es aceleración. Y de pronto nos damos cuenta que se termina el com– bustible, que nos paramos y gritamos: "¡Ven, Señor, Jesús!". Es el comienzo de la auténtica oración. Porque querer orar ya es orar. Y gritar a Dios es orar. No nos atrevemos a decir que blas– femar es la otra cara de la oración. Nos parece muy brutal, muy grosero para que eso pueda tener relación con la oración. Pero sí pensamos que ciertas expresiones doloridas -a lo Job- aparen– temente blasfemas, son oración. Oración es el contacto con Dios aunque salten chispas. Mejor es orar así, que no orar. Y la enfermedad nos puede llevar a esta clase de oración. La felicidad, el triunfo, el deseo de hacer, de figurar, de... , nos pueden hacer olvidar la oración: "La excesiva preocupación por el trabajo, el deseo de llegar pronto a figurar, traen consigo una trepidación, cierta fiebre, cier– to activismo que arruina la oración" ( B. Bro). Para concluir, la oración de Tagore: "Día tras día, oh Señor, de mi vida, estaré ante Ti, cara a cara. Con las manos juntas, oh Señor de todas las palabras, estaré ante Ti, cara a cara". -423-

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