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bre que quiere sentirse solo. Quien quiere el contacto con lo divino lo tiene inmediatamente. Pienso que el tema del Apocalipsis es maravilloso para nos– otros, hombres del siglo veinte. Nosotros también vivimos, a veces, sin esperanza. Nos parece estar acorralados por todas partes. Lo creemos todo perdido. Y es entonces cuando tenemos que echar mano de todos nuestros ideales cristianos para no hundirnos para siempre en el abismo de nuestra propia tristeza. Hoy vivimos el mito de la juventud. ¡Qúé grande es ser joven!, dice. el slogan. Pero creo que existe una juventud más grande que la de los años. Es la juventud de los que no pierden las ilusiones, de los que tienen ideales, de los que laboran por un mundo mejor. Quiero transcribir aquí la oración-meditación de un sold.ado que luchó en el Extremo Oriente. Dice así: "La juventud no es un período de la vida, es un estado del es– píritu, un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria del valor sobre la timidez, una predisposición a la aventura por encima de la timidez. No nos hacemos viejos por haber vivido cierto número de años. Nos hacemos viejos cuando desertamos de nuestro ideal. Los años arrugan la piel; renunciar al ideal envejece el alma. Las preocupaciones, las dudas, las contrariedades y los temo- res son los enemigos que, lentamente, nos curvan hacia la tierra y nos convierten en polvo antes de tiempo. Joven es aquel que se sorprende y se maravilla. Pregunta co• mo el niño insaciable: ¿Y después? Desafía los acontecimientos y encuentra la alegría en el juego de la vida. Eres tan joven corno tu fe, tan viejo como tu duda. Tan joven como tu esperanza, tan arrugado como tu desilusión. Serás joven mientras permanezcas en posición de receptivi- dad. Receptividad frente a la belleza, a lo que es bueno y grande. -419.:-

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