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EL FIN Y EL PRINCIPIO Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna pa– ra su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: "Ahora hago el univer– so nuevo". Yo soy el Alfa y fa Omega, el Principio y el Fin. Los sedientos beberán de balde de la fuente de agua viva. El que ha vencido es heredero universal: Yo seré su Dios y él será mí hijo (Apocalipsis 21, 1-7) (U. E). Isla de Patmos. Siglo primero. En las playas el rumor del mar. A lo !ejos el rumor de unas per– secuciones que amenazaban con el fin de la Iglesia. Hasta al judío Juan, "hermano" de Jesús, había llegado la noti– cia -triste noticia- de la destrucción del templo y de la ciudad santa. ¿No sería mejor morir allí al borde del mar, que invitaba a la quietud, al desentenderse de toda lucha en esta vida tan enreve– sada? De pronto el cielo se abre, se acerca, se hace visible, palpable casi, y la voz inconfundible de Dios que se manifiesta. Apocalipsis es revelación. En este caso concreto la más gozosa manifestación: habrá otra vida mejor. Lo que parece el fin será el principio ... "Los hombres no son islas", se ha escrito modernamente. To– das las islas tienen su istmo que conecta con una tierra maravillosa, o con ese cielo que está sobre nuestras cabezas. Sólo es isla el hom- -418-

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