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corazón?". Y le pareció que el rumor del oleaje le decía:· "Agustín, busca más arriba ... ". levantó sus ojos y se encontró con las montañas, tan serenas y hieráticas bajo el firmamento azul nocturno. Y les preguntó: "Y vosotras, montañas altísimas, ¿podéis dar la paz y la felicidad a mi corazón?". Y le pareció que las montañas le decían: "Busca sobre nosotras". Alzó los ojos. Los astros parecían ojos parpadeantes que le miraban desde el cielo. "Y vosotras, estrellas... ¿podéis conceder la paz a mi corazón?". Le pareció como si una voz caída del cielo le dijese: "Agustín, busca sobre nosotras. Nosotras no: .. ". Tardó mucho en encontrar el rumbo de su felicidad, que fue el camino hacia Dios y hacia el cielo. Pero lo encontró. Y se puso en paz con Dios. Y escribió aquella frase maravillosa: "Nos has hecho, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que de.scanse en ti". Descansar en Dios eternamente es el cielo. El cielo no es nada más que la posesión eterna e irrevocable de Dios. Hoy lo hemos oído en la lectura del Apocalipsis, donde se describe la nueva tie– rra y el nuevo cielo, la maravillosa ciudad de los bienaventurados; Así, textualmente: "Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor". Ese espectáculo se puede resumir en una palabra: Felicidad. Y esto, hermanos, es para nosotros. Esto es lo que pedimos y esperamos haya conseguido nuestro hermano difunto. Para conse– guir esto hay que darlo todo. El agustiniano -al menos en su primera etapa- Unamuno es– cribió: "Hay que ganar la vida que no fina con razón, sin razón o contra ella". -415-
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