BCCCAP00000000000000000000808

EL C l'ELO "Y el que estaba sentado en el trono dijo: -" Ahora hago el uni– verso nuevo". Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Los sedientos beberán de balde de la fuente de agua viva. El que ha vencido es heredero universal: Yo seré su Dios y él se– rá mi hijo". (Apoc. 21, Sa. 6b-7). Sin duda habéis oído alguna vez, de otra manera quizás, la frase blasfema que pronunció un poeta descreído: "Dejemos el cie– lo para los gorriones y para los ángeles... " Pues no, amigo, el cielo es para nosotros. Porque Dios nos creó para el cielo. Y cuando el hombre perdió su rumbo, él bajó a la tierra para enderezarle, para "marcar el rumbo", para decirle cuál es el camino del cielo. Porque el cielo es lo que el hombre anhela sobre todas las co– sas. Cuando ansía mil cosas baladíes, en el fondo es el cielo lo que ansía. Pues tenemos una semilla de Dios en el alma que nos iman– ta hacia el cielo. Todos conocéis a San Agustín. Le conocéis como santo. Pero los santos no nacen, se hacen. Y él fue antes un pecador. Tan pe– cador que en sus propias Confesiones nos cuenta cómo pecó a los diecisiete a·ños, fue padre a los dieciocho, abandonó a la madre de su hijo, abandonó a su propia madre una mañana en una playa africana, con la disculpa de ir a dar un paseo en barca y se mar– chó a Italia. Abandonó hasta la fe. Fue un gran pecador, antes de ser un gran santo. ¿Qué le llevó a Dios? Ese anhelo de paz, de fe– licidad, que todos llevamos dentro. Cuenta él, que una noche de profundo desasosiego se tiró del lecho, se fue hacia el mar... Semejaba un hombre dispuesto a lan– zarse al abismo. Pero simplemente preguntó a las olas: "Vosotras, olas del mar inmenso, ¿podéis conceder la paz y la felicidad a mi -414-

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz