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PALABRAS IMBORRABL,ES Respondió Job: ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escri– bieran para siempre en la roca!" ( Job 19, 1. 23-24). El grito de Job es el de un hombre que se siente acorralado y despreciado por todas partes. Las enfermedades se han cebado en él. La piel se le cae podrida. La casa se le ha cerrado. La mu– jer se aparta de él como de un inmundo. No resiste ni su aliento. Sus mismas criadas le desprecian. Sus amigos le increpan. Los que han sido sus huéspedes no quieren saber nada de su vida y de sus antiguos favores. ¿Se puede dar un cuadro más tétrico? Bien sabemos que el libro de Job es un poema -libro sagra– do- donde se estudia el dolor y la muerte bajo el prisma religio– so. Y sabemos que a pesar de los cientos de años pasados desde que se escribió sigue teniendo vigencia. Pues al fin y al cabo la muerte llegará para todos. Frecuentemente seguida con el corte– jo del dolor y desamparo de todos los remedios naturales. Y en– tonces la soledad más espantosa será, metafóricamente hablando, como el muladar donde Job se sentó a esperarla y a filosofar. Que no se nos olvide su lección. Hay otras palabras que yo quisiera grabar con cincel, con ese cincel de las cosas grandes, en lo hondo del alma. Son, también, las palabras de un filósofo. Aquel filósofo cínico llamado Diógenes que salía en pleno mediodía con una antorcha encendida por el ágora de Atenas, llena de hombres, buscando un hombre. Preci– samente un hombre que pensase en cosas trascendentales, en su destino eterno, no en frivolidades y curiosidades pasajeras. Pues bien, Diógenes puso una tienda en medio de la plaza de Atenas. En aquella plaza se vendía de todo: las uvas de Corinto, los papiros de Egipto, los perfumes de la Arabia, las telas de Da- -38-

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