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nuevo. El nuevo estado de los hombres, el estado de bienaventu– ranza lleva consigo la ausencia de todo mal. No es sólo exclusión, y no hacemos nada más que comentar el texto, sino que es presencia. Dios lo llenará todo. Ese será el cul– men de la felicidad. Por muchas vueltas que le demos no haremos nada más que terminar en Dios. Todo lo otro serán imaginaciones, adornos, arreglos de una única melodía: Dios, Dios, Dios. La frase de San Agustín, se cumplirá plenamente entonces: "Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto e infeliz está nuestro corazón hasta que descanse en ti". Y metidos con San Agustín, hay una leyenda que nos dice que trescientos años después de la muerte de San Agustín, un monje estaba rezando fervorosamente ante su tum– ba. De pronto se le apareció el santo. El monje abrió mucho los ojos y !e reconoció. Era él. Y lo más sorprendente es que estaba junto a la puerta del cielo, mirando hacia adentro, pero sin entrar. El monje se atrevió a preguntarle: -Pero, Padre, hace ya trescientos años que has muerto y ¿to– davía sigues a la puerta del cielo? San Agustín contestó: -Sí, hace ya trescientos años que estoy aquí, y admiro la fe– licidad de los bienaventurados. Pero ahora voy a dejar esta admira– ción y entrar en el cielo .... Y pasó. Y la puerta se cerró. Y la visión concluyó. .Leyendas y visiones aparte, el cielo es una gran realidad. Nos– otros no sabemos propiamente en qué consiste. Pero sí sabemos que es toda la reunión de bienes y toda ausencia de males. Poner– nos a contar cosas de él, no es nada más que echar a volar nues– tra imaginación. Mas eso no quita nada a nuestra fe y a nuestra e.s– peranza. Dios nos lo tiene reservado a nosotros. Y entre esos dones el don de la inmortalidad feliz. Es el fruto de su amor. Ya decía un pensador: "Amar a alguno, es decir: "Tú no morirás" (Gabriel Mar– ce!). Parece resumirse en esta frase toda la historia de nuestro Dios. "Me amó y se entregó a la muerte por mí". Para que yo no cono– ciese esa segunda muerte de sufrimiento eterno. -4i3-

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