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mismo Dios se hizo hombre, vivió entre los hombres. Les predicó sobre el infierno, en parábolas y directamente: "Si tu mano o tu pie te son motivo de escándalo ... " Murió en la cruz para que no fué– semos al infierno. Está con los brazos abiertos en todas las imáge– nes de los crucifijos como queriendo empujarnos fuera del infierno. ¿Qué más pudo hacer por nosotros? ¿Seríamos capaces nosotros de hacer otro tanto? Si nos condenamos, por nuestra culpa será. Dios no tiene culpa ninguna. Se cuenta de un alma ansiosa que se puso de rodillas ant9 el sagrario diciéndole al Señor: -Si yo supiera que no iba al infierno, yo cumpliría estrictamente los mandamientos que tú has dado a los hombres. Yo no blasfemaría jamás. ¡Yo! No faltaría a Misa. Yo, sería bueno con mi prójimo, comenzando por mis padres. Yo me aguantaría todo lo que fuese y no faltaría nunca al sexto manda– miento. Yo ... Yo ... Como aquella oración parecía ser tan retorcida como la del fa– riseo de la parábola. Una voz salió del sagrario y le dijo: "Haz todo eso y no irás al infierno". Dejemos las cosas más o menos legendarias. Vayamos a lo cierto. Y lo cierto es lo que Cristo dijo: "Si quieres salvarte, guarda los mandamientos". Nos dejó las cosas suficientemente claras co– mo para que no nos equivocáramos. Esa es la doctrina del Evangelio. Y la Iglesia recalca que no se puede afirmar que nadie esté destinado al infierno. De suyo to– dos los hombres están destinados al cielo, porque por todos ha muerto Cristo en la cruz y Dios quiere la salvación de todos. Si alguno se condena, repito, la culpa no es de Dios. Uno, voluntaria, conscientemente -con una inconsciencia suicida- lo ha querido. ¿Habrá fuego en el infierno? En todas las comparaciones, des– cripciones del infierno, siempre está en danza el fuego. Quizá quie– ra expresar el supremo sufrimiento. Pues para nosotros el fuego indica el mayor sufrimiento concebible. ¿Quién puede resistir el fuego sobre su carne? Por eso, como la revelación es para los hom– bres, se habla de fuego, quizá de una naturaleza distinta al de aho– ra, para hablarnos del lugar de tormento de los condenados. -409-

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