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En Israel cuando aparecía el cadáver de un hombre salían to– dos los hombres de la ciudad o del campamento, extendían su diestra y gritaban: "Juro que no he tenido parte en la muerte de este hombre". Cuando alguien muere de hambre en cualquier rin– cón del mundo, nosotros si somos cristianos conscientes no po– demos decir lo mismo. Tenemos parte -más o menos- en la muerte de aquel hombre o de aquel niño al que la puñalada del hambre ha matado. Porque nosotros vivimos bien. Nos sobra de todo. Y hay tantos a los que les falta. Las palabras de San Juan apuntan a las raíces de nuestra alma. -398-

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