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Pues bien, aunque no lo hayamos visto, creemos en él. Y sa– bemos, también, que no podemos entrar solos. Aquello de que "la caridad bien entendida comienza por uno mismo y termina ahí", es el peor de los egoísmos. Quien se deja llevar por él no necesita demonio que le condene, él mismo se ha condenado. Está muerto para la gracia de Dios. Del amor se puede decir mucho. Casi todo el mundo tiene su palabra de amor y su palabra sobre el amor. Y casi todo sirve, pues se suele decir en momentos de inspiración. Pero nosotros tratamos del amor de caridad, y las palabras que nos dice San Juan son muy graves. Y éstas sí que son inspiradas. Por tanto la ausencia de caridad supone ausencia de gracia. Y esto nos puede dar una pista sobre muchos cristianos que se juzgan a sí mismos piadosos y sin embargo, son duros de corazón, inmisericordiosos con el prójimo. Peor aún que no amar, es odiar. Es no sólo apagar la luz del alma sino lanzar las tinieblas sobre el otro. Es un homicidio. Ya Sé– neca desenmascaró a una clase de homicidas cuando dijo: "el que puede socorrer al que va a perecer y no lo socorre, lo mata". Y esto nos puede llevar a meditar a nosotros, sobre tantos que vi– ven estupendamente mientras otros mueren de hambre. ¡Cuántas hambres podrían saciar los despilfarros, los lujos de tantos que derrochan, como si las riquezas fuesen suyas y no meros adminis– tradores que un día tendrán que dar cuenta a Dios de ellas. Si las cosas son así, y pienso que no podemos dudarlo, creo que hay mucho homicida en el mundo. Lo cual no es hacer dema– gogia, ni ponernos a hablar sobre las riquezas de algunos, y las ventas de los palacios de otros. Esa sería mala política. Sería em– pobrecer a toda la humanidad. Pero que una sociedad no se pue– de llamar cristiana si no hay un reparto equitativo de riquezas, es algo que la Iglesia predica constantemente en la actualidad. Ahí están sus grandes mensajes sociales. Bien a tra,,és del Concilio o de las Encíclicas. -397-

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