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ODIO Y MUERTE "El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su her– mano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestras vi– das por los hermanos" (1 Jn 3,15-16). El título parece una consigna revolucionaria. Y no es nada más que lo contrario que el amor. Donde no existe el amor, existe el odio y la muerte. La raíz de todo bien en la tierra es el amor. La buena noticia que Cristo nos vino a traer a la tierra fue precisamen– te la del amor: la del amor de Dios y la del amor a los hermanos. Quien ignora el amor ignora a Cristo y no tiene su vida. El amor es el fundamento de toda vida cristiana. Los antiguos romanos tenían una condenación peor que la con– denación a muerte: "Que no ame ni sea amado". Así, si vivía, su vida era la más mísera de las vidas. Y tenemos que decir que sus jueces los peores de los hombres, porque le condenaban al destierro del co– razón. Los hombres siempre juzgaron el amor como un don de los dioses, y la fuente de toda felicidad. Recuerdo aquella película donde él la sube a la más alta de las terrazas de la ciudad y le se– ñala, bajo ellas, la gran hilera de casas iluminadas: "Mira bajo esos tejados, en esas habitaciones iluminadas y oscuras hay mu– cha gente que viven sin amarse, que no saben lo que es el amor. Son unos desgraciados. Tú y yo sí sabemos lo que es el amor, y por eso somos felices". Poco más o menos lo que escribió Sousay: "La vida sería la más espantosa esclavitud sobre la tierra si no pudiéramos, de vez en cuando, entrar de dos a dos en ese ilusorio paraíso que nos han prometido, pero que nadie ha visto jamás". -396-
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