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-"En verdad sois mis hijos y herederos; no queráis temer, pues si de mi mesa participan los extraños, más justo es que co– man aquellos a quienes pertenece el derecho de la herencia". Y por lo mismo ordena el rey a la mujer que envíe a su pala– cio todos s.us hijos para que allí vivan". La aplicación a la lectura de hoy· es muy sencilla. Que somos hijos de Dios no cabe duda. Nuestra Madre la Iglesia -esposa de Cristo- puede testificarlo. Lo que sucede es que él marchó al Reino del Padre, y la Iglesia quedó con sus hijos en el destierro. El no nos ha olvidado. El piensa constantemente en nosotros. De una manera o de otra se hace presente en medio de los hombres. Sus auxilios, son constantes: los sacramentos, las gracias especia– les. En ese sentido tenemos una gran ventaja sobre la mujer del desierto. El paralelismo de la parábola, es que aún no ha llegado la manifestación plena. Cuando llegue esa manifestación, cuando nosotros vayamos del desierto, por el callejón oscuro de la muerte, hacia el Reino del Padre, entonces él en seguida conocerá en nuestras almas su se– mejanza. Somos "deiformes". Es algo que la gracia ha realizado en nosotros. Y la misma gracia nos ha dado la capacidad para co– nocerle y amarle como él mismo se conoce y se ama. Cuando suene la hora de la vida eterna, en la cual le veremos tal cual es, y reinaremos con él, y comeremos pan en el reino de los cielos -frases todas muy bíblicas-, le conoceremos tal cual es. Ya no tendremos meramente las imágenes que nuestra madre la Iglesia nos dará sobre nuestro Padre Dios. Nos veremos. Nos re– conocerá y le reconoceremos. Y nuestra semejanza se acrecentará más. Un pensador de nombre enrevesado, Rosenstock-Huessy, es– cribió esta sencilla frase: "Nunca somos cristianos por lo que he– mos visto, si no hemos visto la llegada del Señor". Nosotros somos cristianos porque esperamos esa venida del Señor. Esa raíz de la
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