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LA VUELTA DE LOS DESTERRADOS "Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifes– tado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, se– remos semejantes a él, porque le veremos tal cual es". (1 Jn 3,2). Que esta vida es un desierto, que estamos desterrados en un valle de lágrimas, son expresiones que se repiten en nuestras ora– ciones y en nuestras canciones cotidianas. Somos un pueblo en éxodo hacia la casa del Padre. Estas ideas pasan a primer plano cuando la muerte entra en nuestra casa para arrebatarnos un ser querido. San Francisco contaba una parábola bellísima donde se refle– ja nuestra vida de cristianos. Dice así: "Vivía en el desierto una mujer pobre, pero hermosa. Con su extremada belleza cautivó el corazón de cierto rey. Este la tomó por esposa y ella le dio algunos hijos, hermosísimos también. Cuando hubieron éstos crecido y po– seían la educación correspondiente, reuniólos su madre y les habló así: -"Hijos míos, no os queráis avergonzar de que sois pobres; recordad que todos sois hijos de aquel gran rey. Id confiada y ale– gremente a su palacio y pedidle cuanto necesitéis". Al escuchar tales razones admiráronse y se alegraron en extremo, y, enorgullecidos con la noticia de su real estirpe, al saber que eran los herederos del reino, juzgan su miseria como inapreciable riqueza. Se presentan audazmente al rey, y no temen la presencia del rostro cuya imagen llevan en sí mismos. Reconocida también por el rey una semejanza en ellos, pregunta con interés de quién son hijos. Y al responder ellos ser hijos de aquella mujer pobre que vivía en el desierto, les abrazó efusivamente y les dijo: -390-
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