BCCCAP00000000000000000000808

mas... ", si no "Cuando oréis habéis de decir: Padre nuestro que es– tás en los cielos ... ". Aún ahora la Iglesia siente un estremecimien– to respetuoso al recitar en la misa esta oración. Por eso prepara las almas con esta monición: "Fieles a la recomendación del Se– ñor y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: "Pa– dre nuestro ... ". ¡Dios es nuestro Padre! ¿Pued,e haber un pensamiento que nos infunda más confianza que éste? Para la vida y para la muerte. Pues es una verdad con todas sus consecuencias. No se trata de meras consideraciones piadosas. San Juan nos lo recuerda hoy: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". Esta idea tan cierta y tan evangélica de que somos hijos de Dios nos tiene que hacer considerar la muerte como el retorno al hogar del Padre. Porque es así. La muerte es como una puerta. Negra, si queréis. Misteriosa, si queréis. Horrible, si queréis. Pero detrás nos está esperando nuestro Padre con los brazos abiertos de par en par, para darnos el abrazo eterno de amor y felicidad que es ~I cielo. Por ello el mismo Cristo dice, cuando habla de ese premio eterno: "Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino de los Cielos que os está preparado desde el principio del mundo ... ". Lo que importa es tener el alma siempre preparada para ese abrazo de nuestro propio Padre Dios. Si la puerta está cerrada, la culpa no es de él, que ha querido hacernos de verdad hijos suyos. Ser aquí siempre hijos de Dios por la gracia, para serlo allí eter– namente por la gloria. Como decía el poeta Carlos Fernández Shaw: "¡Feliz el que al morir se halló con alas y sólo tuvo que mudar de cielo!". Y otro poeta, atormentado por la angustia y el ansia de eterni~, dad, hizo grabar sobre su tumba, allá en Salamanca: "Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del durn bregar". -389-

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz