BCCCAP00000000000000000000808

viene ondulada, cuando no viene ondulando es que viene en zig– zag". La gracia es la gran semilla de Dios en el alma del hombre. Que nos hace florecer, crecer y ser como Dios. Esto en la tierra. Lo que nos tiene preparado en el cielo, hay que ir al cielo para verlo. Pero sabemos que fundamentalmente, en raíz, es la misma vida de la gracia que tenemos aquí. Allí será la plenitud. Allí le veremos cara a cara, sin deslumbramientos. Aquí con atisbos. Pero aquí y allí la gran palabra que nosotros podremos pronun– ciar es la de Padre, y la gran respuesta que resonará eternamente es la de ¡Hijos míos! Así, ni más ni menos. Para nosotros, eso de ser hijos de Dios debe constituir una gran noticia, por mucho que estemos acostumbrados a ella. Esto además de ser una dignidad es un riesgo y un compromiso. El gran riesgo de perderlo y el gran compromiso de conservarlo e incre– mentarlo. No es un mero título, es una vida, y la vida tiene eso: riesgo de muerte y compromiso de conservarse e incrementarse Ojalá que todos nosotros pudiésemos rezar con plenitud la ora– ción de Foucauld, que decía así: "Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, con tal que tu volun– tad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy ca– paz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre". Lo cual es rezar de otra manera el Padre nuestro. O una ma– nera de rezar para llegar a comprender mejor el Padre nuestro. Que al fin y al cabo es la gran oración. Decía Santa Teresa "un Pa– dre nuestro bien rezado buena oración mental es". Y nosotros pre– guntamos: ¿Pero, es que puede haber alguna oración que no sea Padre nuestro? ¿Diálogo del Padre con los hijos o viceversa? -385-

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz