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así. Era un nacimiento por el agua y el Espíritu Santo. Para decir– lo en una palabra, por la gracia santificante. Que todos sabemos, en una definición sencilla, que la gracia santificante "es un ser divino que nos hace hijos de Dios y herede– ros del cielo". Nos hace hijos adoptivos de Dios. Pero ¡atención! No es una cosa meramente legal, una prestación de apellidos y una firma ante un juez. No. Nos da una semejanza con Dios. La capacidad de conocerle y amarle como él se conoce y se ama. Por tanto, es una auténtica infusión de vida divina. Lo que su– cede que lo llamamos así porque no tenemos nada mejor para lla– marle. Pues los hombres para hablar de Dios y de las cosas divi– nas siempre tenemos que ir apoyándonos en metáforas. También para distinguirnos de su primogénito, Jesucristo, que es hijo por naturaleza, engendrado por el Padre desde toda la eter– nidad. Una vez establecido todo esto, quede bien claro, San Pedro nos lo recuerda, que nacemos de nuevo, y que nuestra herencia es el cielo. Todo ello debe ser un motivo de alegría para nosotros: Somos de la raíz de Dios. Llevamos vida, savia, sangre divinas en nuestra alma. Podemos levantar la frente con orgullo hacia el cielo pues allí nos espera la herencia eterna, incorruptible, pura, imperecedera... Recuerdo la anécdota que se cuenta de la hija de Luis XV que a su institutriz, que la castigó, le dijo: -¿Olvida Vd. que soy la hija del rey? Y ella replicó: -¿Olvida que soy hija de Dios? Orgullo y respeto. Somos mucho más que meros seres que pisan polvo en la tierra y más nada. Llevamos la marca de un Padre que nos quiso por hijos, que se alegra .del nacimiento de cada uno de nosotros, que dio su sangre por nosotros en la .cruz -le costamos más que cualquier hijo a cualquier padre- y que lucha para que no nos perdamos a través del laberinto pecaminoso del mundo. Alegría, pues, somos hijos de Dios ... -379-

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