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HIJOS ADOPTIVOS "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una es– peranza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperece– dera, que os está reservada en el cielo" (1 Ped 1, 3-4) (U.E.). Todos conocemos padres que se asustan ante el número de hijos que se le meten en el hogar. Miran a las paredes con miedo de que revienten, ante el cre– cimiento de la familia... Contemplan las habitaciones que ya son insuficientes. Repasan el sobre mensual y semanal. .. y cada sema– na o cada mes tiene su cuesta. Y la vida se les hace cuesta arriba. Por el contrario, conocemos otros padres que desearían tener hijos y no pueden. Se sienten frustrados en alguna manera. Bus– can, como compensación, el adoptar un niño, que llene de risas y llantos el hogar y que sea el sostén joven de sus años de viejos. Y todos conocemos un Padre a quien no le asusta el número de hijos. Que quisiera tener cada día más. Y que aunque, nosotros temamos que el mundo sea pequeño, él lanza a esta tierra creada por sus manos, nuevos hombres, que así sean sus hijos. él sabrá que el hombre encontrará nuevos mundos donde vivir, y que la especie humana no se extinguirá de sobre la tierra ... El mandó a sus apóstoles por toda la tierra con aquel manda– to: "Id por todo el mundo y haced discípulos... Hacer discípulos bautizándoles... es hacer hijos adoptivos de Dios. Auténticos hijos de Dios. ¿Cómo es eso? Bien claramente se lo explicó Cristo a Nicode– mus: "Quien no naciere de nuevo... ". Pensó el viejo rabino que te– nía que volver a entrar en el vientre de su madre... Pero no era -378-
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