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O R A C I O N E S, G R I T O S Y L A G R I M A S "Cristo .en /.os días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente" (Hebr 5, 7) (U.E.). Nosotros nos damos perfecta cuenta a qué pasaje hace refe– rencia la carta a los hebreos. A aquella escena dolorosa entre to– das, cuando Cristo cruzó el umbral del huerto de Getsemaní triste, angustiado, empavorecido y abatido al máximo, y pidió al Padre que pasase de él aquel cáliz. Conforme siempre con la voluntad de Dios, pero en realidad lo pidió. La carta a los hebreos nos dice más claramente aún que presentó oraciones con ese fin. Y el pro– Geso del drama lo conocemos perfectamente. Cristo murió, y mu– rió en la cruz. ¿Entonces qué pasó con aquellas oraciones? Esta pregunta se la hacen cantidad de almas atribuladas que ruegan y ruegan al Señor tantas cosas. Y claro, los enfermos piden ante todo la salud: "porque teniendo salud, que es lo principal, se tiene todo". Es comprensible esta frase, pues cuando a uno le due– le algo lo primero que desea es que desaparezca aquel dolor. Entonces echa mano de todos los remedios, acude a todos los médicos, reza muchas novenas, invoca a no sé cuántos santos, y al no curarse de su enfermedad, echa la culpa los primeros a los santos que no le oyen, y a Dios que se hace el sordo. Hay que afirmar que Dios goza de muy buen oído. Y que no hay ninguna oración, pero ninguna, que no escuche. Absolutamen– te ninguna. Si no nos concede lo que pedimos, nos concederá al– guna otra cosa que necesitamos mucho más y pedimos mucho me– nos. Estemos completamente seguros de ello. Conocida es la anécdota de aquel misionero -P. Baltasar de -366-
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