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Detente con nosotros; la mesa está servida, , caliente el pan y envejecido él vino. ¿Cómo sabremos que eres un hombre entre los hombres si no compartes nuestra mesa humilde? Repártenos tu cuerpo y el gozo irá alejando la oscuridad que pesa sobre el hombre. Vimos romper el día no apague el fuego vivo sobre tu hermoso rostro y al sol abrirse paso por tu frente Que el viento de la noche que nos dejó tu paso en la mañana. Arroja en nuestras manos tendidas en tu busca las ascuas endendidas del Espíritu; y limpia en lo más hondo del corazón del hombre tu imagen empapada por la culpa". Sentado en torno a esa mesa, en diálogo de sobremesa, se encuentran los deseos de Dios y los de los hombres. la miseria hu– mana y la misericordia divina. Dos temas de sobra conocidos. De actualidad también hoy. No vamos a hablar una vez más de la misericordia de Cristo. Bas– ta abrir el Evangelio, sobre todo el de San lucas. Sería repetir/ siempre lo mismo, aunque no por mucho repetirlo se nos graba más. La miseria humana está patente en la tierra de los hombres. Mientras haya hombres, habrá miserias, pecados, ruindades... Por eso el hombre de hoy quiere un Cristo al alcance de la mano. Por eso lo presenta más en la faceta de hombre que de Dios. Quiere darse confianza a sí mismo a través de la misericordia de él. No obstante pienso que no ha de rebajarle tanto, tanto, que e¡uede difuminado su ser divino. Entonces perdería toda su grande– za y todo su poder. Cristo no es un hombre cualquiera, menos vul– gar, y mucho menos pecador. Es igual a nosotros en todo excepto -363-
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