BCCCAP00000000000000000000808

¡Y ella, ni había muerto miserablemente ni había muerto del todo". Pero las lágrimas se le iban represando en el alma. Dice todo lo que hizo para reprimirse: "Me pareció bien tomar un baño, por creer que arrojaba del alma la tristeza. ¡Me hallé, después del baño, como antes de bañar– me! Porque mi corazón no trasudó ni una gota de la hiel de su tristeza". Cuenta cómo se durmió y, al fin ... "sentí ganas de llorar por ella y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas que tenía conteni– das para que corriesen cuanto quisieran. Mi corazón descansó en ellas. Tus oídos me escuchaban allí, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto". Este es el testimonio de un gran hombre. Porque también los hombres lloran. Pero los cristianos lloramos no como los que no tienen esperanza. Nosotros la tenemos y sabemos que "a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina", el mismo Señor descen– derá para arrebatarnos de la tierra al cielo, gloriosos y resucitados, con su primogénito Jesús. "Y allí estaremos siempre con el Señor". Estas cosas no son mitos o leyendas, son "palabra de Dios". Es conveniente que reflexionemos como hombres sobre ellas. Es preciso que calen en nuestra alma, y que a nosotros, los que su– frimos ante la muerte de los seres queridos y ante el temor de la propia, nos sirva el consejo final de San Pablo: "Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras". -349-

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz