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¡L L O R A D Y C O N S O L A O S! "Consolaos, pues, mutuamente. con estas palabras" (1 Tes 4, 17b). Algunos ante estas palabras de San Pablo tan recordadas en la liturgia de difuntos, piensan -a veces lo han consultado- que es malo llorar o afligirse por los difuntos. Y no es malo. Es natural. Las lágrimas son el mejor bálsamo para las heridas del alma. Nadie puede hacer que las reprimamos. Es natural afligirse por la separación de los seres queridos. Y aun– que sepamos que nuestras lágrimas no les ayudan a ellos, nos ayudan a nosotros. A veces, considerando el dolor de alguien, de– cimos como en un respiro: "¡Gracias a Dios ya ha llorado!". Esta– mos seguros que por esas compuertas del alma ha vertido parte de la amargura acumulada dentro. Lo que nos dice San Pablo es que no lloremos, o nos aflija– mos, como los que no tienen esperanza. Ni fe. Los que piensan que con la muerte todo ha concluido. Eso es llorar desesperada– mente. El mismo San Agustín, que decía que "las lágrimas se evapo– ran", nos cuenta la aflición y el llanto ante la muerte de su madre. Dice textualmente en sus Confesiones: "Cerré yo sus ojos. Pero una tristeza inmensa afluía a mi co– razón. Ya iba a resolverse en lágrimas. Mis ojos, al violento impe– rio de mi alma, reabsorbían su fuente hasta secarla. Con esta lu– cha padecía de modo indefible. Al dar el último suspiro, el niño Adeodato rompió a llorar a gritos. Reprimido por todos nosotros, se calló. Juzgábamos que no era conveniente celebrar aquel en– tierro con quejas lastimeras y con gemidos. Así se suele, frecuen– temente, deplorar la miseria de los que mueren o su total extinción. -348-
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