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UN PUEBLO SANTO "Hermanos: Ahora gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados y Dios puede admi– tiros a su presencia como a un pueblo sano sin mancha y sin reproche. La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evan– gelio. Es to mismo que se proclama en la creación entera bajo el cie– lo, y yo Pablo, fui asignado a :su servicio" (Col 1, 22-23). -¿Qué tengo yo qu<;'l hacer par~. ser santo? La pregunta anda flotando por ahí, o anduvo flotando, porque ahora no se preguntan esas cosas. Las anécdotas de diversos santos, tienen respuestas dis– tintas, aunque en el fondo todas beben de una sola raíz. Para nos– otros que vivimos un poco bajo el mito del poder de la voluntad, va– le muy mucho aquella de San Benito .a su, hermana Santa Escolásti– ca: -Querer. No cabe duda que hace falta buena voluntad para ser santo. Y mucha voluntad para seguir siénd<;>lo a pe~ar de. los desfallecimien– tos. Pero no pensemC>s en caso5:, heroicos, casi rnilagrose>s, ha.bla– mos ahora de santos en el sentido paulino. Santos sin peana y sin aureola, santos que simplemente se decidían a cumplir el Evangelio. Frecuente es en las epístolas paulinas el saludo de "a los san– tos de... " Se refería a los cristianos. Y aquí bien claro dice a los co– losenses que son un pueblo santo. ¿Por qué? En primer lugar porque Cristo sufrió por nosotros, nos redimió, nos reconcilió, nos presentó como un pueblo santo, sin mancha, en la presencia de Dios. En segundo lugar porque nosotros somos los portadores de una fe y de una esperanza, tan santas, que engarzan todo el Evange- -334-
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