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INGRATITUD "¿Habéis olvidado lo felices que os sentíais? Puedo afirmar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado /os ojos para dármelos. ¿Y ahora me he hecho enemigo vuestro por ser sincero con vosotros? El afecto que ésos os tienen no es bueno, quieren aislaros pa– ra acaparar vuestro afecto. ¡Cuánto gusta sentirse objeto de una buena ley! A mí me gusta siempre, no sólo cuando estoy con vosotros" ( Gál 4, 15-19). Se nota en la punta de la pluma el latido del corazón de Pa– blo: El apóstol que más amó a Cristo y a los hombres. El que di– rá más adelante en esta misma carta que sufre dolores de parto por ellos, hasta ver a Cristo formado en ellos. Es como una ma– dre... Y como una madre nota más los alfilerazos de la ingratitud. Lo ha dado todo. Ha recibido mucho. Les ha ganado el corazón, cier– tamente. Pues hubieran estado dispuestos a darle los ojos en su enfermedad -quizá su crónica enfermedad de los ojos -y ahora han dado el cambiazo. ¿Por qué? Porque llegaron unos judaizantes hablándoles de Cristo de otra manera, como una prolongación de todo el tingla– do legalístico de los judíos. Cuando Cristo vino a implantar una nueva ley: la ley del amor. Y Pablo de amigo se convirtió, de la noche a la mañana, en enemigo. Eso le duele en lo más hondo del alma. Sin duda tendremos que sentir muchas veces en la vida eso mismo. Cuando estamos boyantes, cuando somos algo, cuando te– nemos favores que repartir o dineros que prestar, entonces, nos quieren, nos muestran afecto, nos ronronean con toda clase de mimos. Pero si cambia la brújula de nuestra vida ... -330-
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