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de los que padecen hambre, y sed, y están privados de libertad o son peregrinos por el mundo. Por ello al enfermo tenemos que ver– le como a Cristo mismo. En la vida de los santos se cuentan obras prodigiosas. Por ejemplo de la vida de Santa Isabel, reina de Hungría, que un día metió un leproso en la propia alcoba nupcial y lo acostó en su ca– ma. Acusada al rey por un paje que la veía con malos ojos, fueron allá: y ¿qué vieron? Al propio Cristo crucificado, vivo y doliente, acostado en aquella cama ¡Era Cristo.! Es Cristo, decimos nosotros, porque lo dice Cristo. Y es bue– no que vayamos entendiendo el Evangelio. Pero aquí San Pablo nos habla de otra presencia. La de dquellos que ven a Cristo en los mensajeros de su palabra. Para decirlo en una sola palabra: en los sacerdotes. Fácil cosa cuando los sacerdotes son santos, rectos, sin ta– cha. Lo cual no es corriente por la sencilla razón de que Cristo es– cogió para sacerdotes hombres, y ya se sabe, donde hay hom– bres ... Mucho más difícil cuando el sacerdote es indigno, todo lo con– trario, o casi, de lo que debiera ser. Pero entonces entra en fun– ciones la fe de los fieles. Hay que saber ver no lo que es o apare– ce, sino lo que representa. Célebre es la anécdota que se cuenta en la vida de San Fran– cisco. Había, por entonces en Asís, un sacerdote de mala fama. Y justamente con él iba a confesar Francisco, y siguiendo su ejem– plo los frailes. Porque no veían lo que era sino lo que representa– ba. "Mensajero de Dios, como a Jesucristo en persona". Ni más ni menos lo que nos dice San Pablo. Ahora que tanto se critica a los sacerdotes. Que se analizan con lupa su::; menores deficiencias, bueno sería cerrar alguna vez los ojos, abrir los ojos de la fe y ver eso que Cristo quiso que fue– sen y que representan realmente: Ministros y mensajeros de Jesu– cristo. -329-
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