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MENSAJEROS DE CRISTO "Poneos en mi lugar, hermanos, por favor, que yo me puse en el vuestro. En nada me ofendisteis. Recordáis que la primera vez os anuncié el Evangelio con motivo de una enfermedad mía, pero no me despreciasteis ni sentisteis asco de mí, aun– que era una prueba para vosotros por mi estado físico; al con– trario. me recibisteis como a un mensajero de Dios, como a Jesucristo en persona" (Gál 4, 12-14). También en los hombres grandes toman asiento las enferme– dades vulgares. San Pablo estuvo enfermo en Galacia. Una enfer– medad, desconocida para nosotros, que prolongó su estancia en medio de aquellos fieles y prolongó su evangelización a los mis– mos. Quizá una enfermedad que le mostró ante los fieles, que en otras ocasiones le vieron engrandecido, en su justa medida de hombre vulgar. Si en algo no fue vulgar fue en ver en esa enfermedad la ma– no de Dios que le retenía allí para evangelizar a aquellos hombres, que necesitaban del mensaje evangélico más que otros, tal vez en su lucha contra los judaizantes. Vio la mano de la providencia en aquella fe de los fieles, que detrás de la costra de la enfermedad adivinaron al mensajero de Dios, como si Cristo mismo los hubiera hablado. Cristo se sabe disfra– zar detrás de la enfermedad, encarnarse mejor dicho, en el enfer– mo. Es una de las muchas encarnaciones del Señor. Por eso dice él en el Evangelio al hablar del premio: "Estuve enfermo y me visi– tasteis". ¿Quién, tú? -Si yo... Porque siempre que lo habéis he– cho con uno de éstos, conmigo lo habéis hecho". Visitar a los enfermos siempre ha sido una de las más clási– cas obras de caridad. Llamémosla, ahora, de las más evangélicas obras de caridad. Porque Cristo mismo se pone al mismo nivel -328-
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