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decía que "estábamos fabricados del barro donde hierven las pa– siones". Sobre esas pasiones flota el espíritu de Dios para elevar– nos sobre nuestras pastones terrenas. Esa energía de Dios sobre los hombres ha de manifestar– se a través de la fe. Nosotros tenemos fe. ¿Vivimos conforme a fa fe? Quizá creemos muchas veces, más en las conquistas del hom– bre sobre la tierra. En la técnica. En los viajes espaciales. En la ex– ploración de las estrellas, o en las horas estelares que nos traigan placer y comodidad. Ter-iemos, quizá, un tanto olvidado el cielo. Cuando el reloj de nuestra vida se para y nos encontramos an– te esa realidad, que no hay que demostrar porque está ahí: la muerte, entonces es cuando hay que apoyarse en la fe para gritar que no desapareceremos para siempre. Que aunque se paren los relojes y los corazones, la vida con– tinuará. ¡La vida del alma! Porque somos ciudadanos del cielo. ¡In– mortales! Y que un día nuestro propio cuerpo será como el de Cris– to. San Pablo nos dice: "El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para someter– lo todo". Será algo inmensamente más maravilloso que la libera– ción de la energía. Los sabios están orgullosos y asombrados ante su descubrimiento. Nada ante lo que es capaz de hacer Cristo con nosotros. Si lo pensamos bien, nos damos cuenta que toda vida de Cristo y del cristiano está planificada en este orden: El puso su tienda en– tre los hombres, peregrinó por nuestra tierra, habló nuestro lengua– je tomó nuestra carne y sangre, murió por nosotros... "Se hizo se– mejante a nosotros en todo ... ". ¡Para que fuésemos semejantes a El eternamente! Como dice San Agustín: "El se hizo hombre para ha– cernos a nosotros Dios". Somos, pues, ciudadanos del cielo. Alegrémonos. Lo que impor- -325-
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